Plazerra  geroko  utzi  eta  frustrazioa  toleratu

Querer todo ya mismo y no saber esperar, puede convertirse en un gran problema para la salud del sujeto. La búsqueda de placer inmediato genera tal nivel de adicción que cuando ya se ha instaurado en la conducta, resulta muy complicado manejar tal compulsión. Tras el consumo de cualquier tipo de droga se encuentra la búsqueda de placer y en poco tiempo. Incluso se escucha en el argot popular que con el alcohol se ahogan las penas. ¿Y por qué no tener eso ahora ya, si puede tenerlo? ¿Cuál es la razón por la que tenemos que renunciar al placer inmediato? Hace poco en una charla sobre la felicidad, todos coincidíamos en lo mismo. En el camino hacia la felicidad, necesitamos orientar la búsqueda hacia dentro y no dispersarnos en el afuera. Es decir, saber que necesitamos e intentar satisfacerlo sin perdernos en la idealización del deseo. Uno de los mayores obstáculos para sentirnos felices es, buscar el ideal de felicidad. Es inalcanzable y nos coloca en una insatisfacción constante. Nos complicamos la vida comparándonos con los demás y construyendo referencias distorsionadas sobre el sentirse feliz. Nos quedamos con la interpretación de lo externo en base a nuestra carencia interna.

Desde la psicología sabemos que el aprendizaje de posponer el placer, nos prepara psíquicamente para tolerar las frustraciones. Nuestros mecanismos de defensa que nos ayudan al manejo del placer, son como una chaqueta reversible. Podremos utilizar dichas enseñanzas también para el manejo del sufrimiento. Podemos abrir una puerta hacia dentro en el dolor. Experienciamos que tenemos la capacidad de adaptarnos a la crisis y que va a pasar. Saber esperar es conocer el lenguaje de la esperanza. Confiar en un futuro placentero o de alivio en el dolor, nos hace más conscientes de nuestra libertad de pensamiento. Debería enseñarnos desde el principio que somos dueños del enfoque de nuestro pensamiento y que lo podemos dirigir de forma autónoma. Aunque exista manipulación ideológica, tenemos la capacidad de aprender a pensar por nosotros mismos. Podemos concentrarnos en un futuro diferente al momento doloroso, en lugar de proyectar en el mañana sensaciones desesperadas y temidas. ¿Cuándo empiezan a gestarse estos recursos psicológicos?

Existen numerosas investigaciones psicológicas que apuntan a la vida intrauterina para conocer algo más sobre el funcionamiento de nuestro psiquismo. Imaginar por un momento como tuvo que ser el instante en el parto, cuando teníamos que empujar hacia lo desconocido y con sensación de presión o achique de espacio. ¿Qué pasa? Al hacernos esta pregunta, buscamos repuesta en nuestra naturaleza que está programada para sobrevivir. ¿Queda grabado en nuestra memoria celular? No lo sé con certeza, si estoy convencido que queda experienciado como realidad a tener en cuenta de igual forma que las posteriores vivencias en el ciclo vital. No sólo depende de la ayuda que la madre realice con la respiración y las contracciones, también cuenta la criatura y su actitud ante el «terremoto». Se trata de seguir el camino por una especie de túnel en busca de un resplandor de luz blanca y con la presión pisándote los talones. Escapamos de una «goxotasuna» de la que nos echan, falta aire y no sabemos a dónde vamos. ¿Será por eso que nos pasamos la vida queriendo encontrar el no sé qué? Decía Antonio Vega que todos tenemos nuestro cuarto interior y que algunos afortunados lo descubren. Las vistas desde esta habitación nos enseñan paisajes tranquilos. Pero claro, a menudo ese primer viaje iniciático hacia la vida es también traumático. Podemos encontrar reflexiones al respecto de forma muy acertada y documentada en los textos del viejo Otto Rank (Psicoanalista que formaba el grupo de investigación con Freud). La confianza en nosotros mismos es fundamental para aprender a tolerar la frustración. Saber que estamos con nosotros y no nos abandonaremos aunque nos abandonen se me antoja clave al afrontar nuestras crisis. Sentirnos testigos de nuestro diálogo interior entre el puedo y tengo miedo, nos va ayudar a decantarnos del lado de la esperanza. Decía Oteiza que el fin de su obra era provocar al hombre para despertarle de su anestesia vital. Poder recuperar esa magia del niño en la que imagina, siente, piensa y hace al mismo tiempo, es sintonizar, como cuando estábamos envueltos por el líquido amniótico y enchufados simbióticamente al paraíso. Sabernos incondicionales con nosotros mismos nos va a sacar de muchos apuros cuando más solos y desamparados nos encontremos. Es una forma psicológica de fe en lo que somos, sin identificarnos tan solo con nuestro cuerpo o nuestros pensamientos. Se trata de sentir nuestra presencia y decirnos en voz alta «yo existo». Quizás esta sea nuestra tarea en la vida, es decir, el despertar de la conciencia.

Por todo esto, es tan importante aprender a esperar e imaginarnos la satisfacción de la alegría al obtener el placer. Así, estamos garantizando un engranaje psicológico que nos alejará de la atrofia o dependencia de la inmediatez. Los previos a la obtención del placer son el aperitivo que nos despierta los jugos gástricos y al hacerse la boca agua, disfrutamos mucho más del buen bocado. El fin de semana es más placentero cuando organizamos una semana laboral. El coronar una montaña provoca una sensación proporcional a la dificultad vivida en las rampas. Aprendemos a valorar las cosas antes de obtenerlas y la saborearlas gozamos del premio esperado ¿Cómo podemos trabajarnos esto?

Saber decir no a lo que no queremos y a lo que sabemos no nos conviene, es una de las muletas. La otra consiste en decir sí a lo que queremos y también nos conviene. Cuando decimos no convencidos, en el lote va que sabemos decir sí también con decisión. En el posponer el placer se da una conjunción entre el futuro, pasado y presente, que nos ayuda a tomar la decisión que más se ajusta a nuestra necesidad, teniendo en cuenta nuestras vivencias. En el posponer el placer aprendemos a decir no ahora y si luego. En la tolerancia a la frustración, en cambio, sentimos que si nos duele ahora, pero quizás no tanto luego. Más allá de la inteligencia emocional, está la inteligencia ética.

La expresión catártica de nuestras emociones es un medio para obtener un fin acorde con el equilibrio entre lo que pienso, siento, creo y hago. En definitiva, ser lo que soy a mi manera. Y curiosamente lo bueno, relativo a la bondad, lo es para ti y para mí. Necesitamos acercarnos al concepto de bondad no mercantilista o de moral utilitarista.

Una persona que sabe gestionar sus emociones y encaminarlas hacia un objetivo noble, está aplicando la fórmula de posponer el placer y tolerar la frustración.

 

PATXI IZAGIRRE, PSICÓLOGO